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Para empezar es necesario que
entendamos perfectamente lo que significa conflicto y no cometamos
equivocaciones, desgraciadamente cotidianas, en su conceptualización.
Esto implicaría errar en la intervención propuesta
para su solución.
Por tanto, y desde
estas primeras líneas, ha de quedar claro, que intrínsecamente
el conflicto no es “malo”, negativo o contraproducente;
no es más – ni menos – que confrontar dos ideas,
posturas, intereses…. Ante una situación determinada
y que persiguen un mismo fin u objetivo; y en este sentido, podemos
observar en nuestra rutina diaria multitud de ellos y que, además,
solemos “resolverlos de forma satisfactoria. Por tanto la
naturaleza del conflicto es neutra mientras que son los distintos
comportamientos y conductas que desarrollamos para gestionarlo lo
que derivará en consecuencias positivas o negativas.
Así, y concretando un poco
más, el conflicto surgirá en cualquier situación
social en la que se suelan compartir espacios, tiempos, objetivos,
actividades, normas… por lo que a nadie escapa que la escuela
sea uno de los ámbitos característicos en los que
fácilmente se desarrollan. El que aparezcan con esta cotidianeidad,
probablemente junto con la falta de i9nformación y formación
al respecto, unos de los factores que facilitan esa mala conceptualización
a la que nos referíamos. Un conflicto no es necesariamente
un fenómeno violento, ni siquiera agresivo, si bien ocasionalmente
y cuando no se abordan de forma adecuada, puede llegar a derivar
en situaciones que deterioran el clima de convivencia positiva para
degenerar en fenómenos de agresividad y violencia cuya etología
es difícil de determinar por los implicados.
Dicho de otra forma, el trabajo conjunto
y cotidiano junto con las emociones, sentimientos y afectos crean
redes de vínculos sociales estables que, obviamente, afectan
a la comunicación y entendimiento mutuo, para bien y para
mal. Este tipo de relaciones interpersonales estables generan expectativas
que con frecuencia vienen caracterizadas por el buen entendimiento
mutuo, pero que también puede convertirse en la causa de
malos entendidos que van creando tensiones que deterioran los formatos
de comunicación, inhiben sentimientos y terminan por transformar
la empatía en resentimiento. Si la convivencia degenera en
esto, nos enfrentamos a conflictos críticos cuya resolución
no puede ser ya espontánea.
Asimismo , y en esta misma línea
explicativa, para entender, comprender y poder explicar el fenómeno
de la agresividad humana, y en última instancia el de las
conductas violentas, hemos de considerarlas como unas formas de
comportamiento (entre los múltiples que puede llevar a cabo
el sujeto) muy ligado a la situación conflictiva en la que
vive y que, por tanto, puede desarrollarse de las más diversas
maneras. Y para corroborar esta afirmación basta pensar como
los individuos considerados agresivos no siempre lo son –
ni siquiera en situaciones semejantes – y los que no están
considerados como tales, tampoco se comportan constantemente de
forma pacífica.
Si hasta aquí ya puede vislumbrarse
la dificultad que implica investigar sobre el tema, aún queda
lo referente a la legitimación social. En esta línea,
los ataques lesionantes pueden o no ser considerados como conductas
agresivas dependiendo del contexto en el que se desarrollen (recordemos,
también, como si unos padres castigan a un hijo, no suele
interpretarse como un comportamiento motivado por un sentimiento
agresivo, puesto que es algo que está socialmente permitido).
En este sentido, la Psicología
se ha interesado desde siempre por entender la naturaleza de la
agresividad humana ofreciendo varias tentativas de explicación;
si bien es cierto que algunas de estas son susceptibles de revisión,
también lo es que algunas otras permiten, cuando menos, reflexionar
al respecto y posicionarse con algo de sensatez sobre el tema. Así
como el estudio del comportamiento agresivo ha sido abordado desde
diversos marcos conceptuales que podría englobarse, grosso
modo, en dos grandes bloques: las teorías puramente biológicas
y las referidas al contexto social , y muchos han aportado una definición
al respecto.
Pero como primera aproximación
al término, podemos entender la agresión como cualquier
forma de conducta que pretenda herir, sea física y/o psicológicamente
a alguien (berkowitz, 1996) y, si se revisan algunas otras definiciones,
puede observarse que este tipo de conductas son caracterizadas como
un tipo de trastorno de la personalidad y/o del comportamiento que
trasciende al propio sujeto (manuales de diagnóstico de los
trastornos mentales DSM – IV y CIE. 10; APA, 1994 y OMS, 1992,
entre otras). Así, el motivo más ampliamente aceptado
como generador de estas conductas es el deseo de herir, pero como
es natural no siempre es la finalidad última de dichas conductas,
p.e., demostración de poder. Por tanto, la conducta agresiva
no tiene siempre el mismo móvil, pudiéndose distinguir
entre agresión instrumental y agresión hostil. En
tanto que la primera se refiere a un uso de la violencia cuyo fin
es distinto de la mera agresión, con el segundo tipo de conducta
el sujeto sí busca, con su comportamiento, provocar daño
a otro.
Además de todo esto no se
puede olvidar la circunstancia de la agresión tampoco está
siempre bajo el control de quien la ejerce; frases como “…no
sabía lo que hacía” , o “…me volví
loco, perdí el control de mis actos”, parecen fortalecer
la idea de que, además de ser un fenómeno multifactorial,
trasciende al propio sujeto.
Por tanto y recogiendo las ideas
generales que se desprende de lo hasta aquí expuesto, puede
aceptarse que a una agresión puntual está todo el
mundo expuesto, ahora bien, cuando el hecho o el fenómeno
de la violencia trasciende el plano de lo anecdótico, aislado
o esporádico convirtiéndose en cotidiano se transforma
en un problema social, sobre todo si ocurre en el ámbito
escolar o si afecta a menores puesto que esto afecta directamente
a las estructuras, a la base de las relaciones sociales.
Es conveniente, también, diferenciar
entre agresividad y violencia. Ha de optarse porque la responsabilidad
de la agresividad debe ser compartida, puesto que surge de las necesidades
personales de los contendientes; sin embargo, esto no puede atribuírsele
a la violencia ya que esta supone un abuso de poder por parte de
un sujeto sobre otro siempre más débil o, cuando menos,
indefenso. El fenómeno de la violencia conlleva una asimetría,
una descompensación entre las características personales
de los sujetos que intervienen en la situación.
Sin embargo ha de quedar muy claro
que tanto desde una posición psicológica como desde
una posición social – y más allá de la
justificación cultural – la violencia existe cuando
un individuo (o varios) impone (a sabiendas de su superioridad)
su fuerza, su poder y su status en contra del otro, de modo que
abuse de él, lo dañe directa o indirectamente, física
o psicológicamente, siendo la víctima inocente de
cualquier argumento que el “agresor” arguya para exculparse.
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